El 1 de mayo no se celebra
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Por Sayle Lemos
Apenas el 32,1 % de la población económicamente activa tuvo empleo adecuado en marzo de 2026. En medio de reformas, discursos de eficiencia y nuevos anuncios oficiales sobre empleabilidad, el país vuelve a mirar una pregunta de fondo, ¿Trabajar todavía alcanza para vivir con dignidad?
Hay fechas que el poder intenta volver postal, como el 1 de mayo. Cada año aparecen mensajes sobre esfuerzo, compromiso y productividad, se felicita a los trabajadores, se publican artes institucionales, se habla de futuro, pero en Ecuador, este Día del Trabajador ya no resiste tanto aplauso de mentira. La realidad laboral está demasiado golpeada para envolverla en tarjetas y regalos.
Según el INEC, en marzo de 2026 el empleo adecuado llegó apenas al 32,1 % de la población económicamente activa. El subempleo se ubicó en 19,6 %, el otro empleo no pleno llegó al 34,8 % y el desempleo alcanzó el 2,9 %. Es decir, casi siete de cada diez personas dentro de la fuerza laboral no se ubicaron en empleo adecuado.
Y ahí es donde podemos observar la verdadera realidad del país, no en el comunicado de ocasión, no en la foto del funcionario, no en la publicación conmemorativa, (no en más días de feriado). El país real está en la gente que trabaja por menos de lo que necesita, en quienes aceptan jornadas partidas, en quienes venden lo que pueden, en quienes facturan sin estabilidad, en quienes encadenan cachuelos, en quienes sostienen una casa con ingresos que no alcanzan.
El problema ecuatoriano no se reduce al desempleo, esa es apenas una parte de la película. La herida más grande está en la calidad del trabajo. Una persona puede aparecer como ocupada en la estadística y al mismo tiempo, vivir al filo del mes, sin estabilidad, sin seguridad social suficiente o sin ingresos capaces de cubrir lo básico.
La desigualdad también se nota en el mercado laboral. En marzo de 2026, el empleo adecuado fue de 35,9 % para hombres y de 26,6 % para mujeres, según la ENEMDU. Esa diferencia muestra algo que en el país ya conocemos, aunque muchas veces lo callamos. La precariedad golpea más fuerte a las mujeres, a los jóvenes, al campo y a quienes ya estaban en la orilla del sistema.
Para 2026, el Salario Básico Unificado se fijó en USD 482, tras un acuerdo entre Gobierno, empleadores y trabajadores, de acuerdo con el Ministerio del Trabajo. En marzo de 2026, la Canasta Familiar Básica llegó a USD 829,38, según los reportes del INEC sobre canastas analíticas. La metodología oficial calcula esa canasta para un hogar de cuatro miembros con 1,6 perceptores de ingresos, pero esa explicación técnica no cambia la presión diaria de miles de hogares que dependen de un solo sueldo o de ingresos variables.
Mientras tanto, el Gobierno de Daniel Noboa colocó la generación de empleo en el centro de su discurso. La Ley Orgánica de Eficiencia Económica y Generación de Empleo, vigente desde diciembre de 2023, incluyó incentivos tributarios para nuevas contrataciones, entre ellas las de jóvenes de 18 a 29 años. El Ministerio del Trabajo sostiene que más de 444.000 jóvenes accedieron a empleo formal durante este gobierno y que en 2026 se busca vincular a 160.000 jóvenes adicionales mediante el Acuerdo por la Empleabilidad, pero claro, esa es la versión oficial.
Los ecuatorianos nos preguntamos, ¿Qué tipo de empleo se crea? ¿Con qué salario? ¿Con qué estabilidad? ¿Con qué protección social? ¿Con qué posibilidad real de construir una vida y no solo de sobrevivir hasta fin de mes?
Porque no todo empleo es digno, no todo contrato cambia una vida, no toda plaza laboral significa futuro. Un país puede anunciar miles de vinculaciones y aun así, mantener intacta la precariedad si esas plazas no vienen acompañadas de derechos, ingresos suficientes, seguridad social y estabilidad.
El punto más sensible apareció en abril de 2024, cuando el Gobierno llevó a consulta popular la posibilidad de permitir contratos por horas y contratos a plazo fijo en nuevas relaciones laborales (ley en la que todavía insiste). La propuesta buscaba reformar la Constitución y el Código del Trabajo. El “No” se impuso en esa pregunta.
Ese resultado no fue menor, marcó un límite político. En Ecuador, hablar de trabajo por horas no es modernización para buena parte de la ciudadanía, crea la incertidumbre de ingresos más inciertos, menos estabilidad y una relación laboral más débil frente al empleador.
El sector público también entró en esa disputa. En 2025, el Gobierno impulsó una reestructuración estatal con reducción de ministerios y secretarías. El País reportó el despido de 5.000 empleados públicos dentro de ese proceso. La medida fue presentada desde el Ejecutivo como parte de una agenda de eficiencia, pero recibió cuestionamientos por el impacto sobre miles de familias y por la falta de claridad sobre los criterios aplicados.
A ese escenario se sumó la Ley Orgánica de Integridad Pública. La Corte Constitucional declaró inconstitucional esa norma, su reglamento y disposiciones conexas por vulnerar la unidad de materia, la publicidad y la deliberación democrática. En términos simples, el fallo dejó una señal fuerte. Las reformas que afectan al Estado y a los trabajadores no pueden tramitarse como paquete exprés ni esconder cambios sensibles bajo palabras limpias como eficiencia o modernización.
Esa es la disputa de fondo este 1 de mayo. No se trata solo de reconocer el esfuerzo de quienes trabajan, eso es lo mínimo. Se trata de mirar quién paga el costo de la crisis, de reconocer la falta de empleo y que cuando el lenguaje oficial habla de productividad, empleabilidad y eficiencia, los trabajadores preguntan por salario, estabilidad, seguridad social y derechos.
La precarización rara vez llega de golpe, llega por partes. Primero se normaliza la inestabilidad, luego se vende la flexibilidad como oportunidad, después se presenta la estabilidad como privilegio. Al final, el trabajador termina obligado a agradecer cualquier empleo, aunque ese empleo no le permita vivir con tranquilidad.
Por eso, el Día del Trabajador no debería reducirse a mensajes de agradecimiento o celebración. En Ecuador, esta fecha contiene cifras que obligan a mirar el país sin maquillaje. El empleo «adecuado» no alcanza para la mayoría, el costo de vida aprieta, las mujeres siguen en desventaja, los jóvenes aparecen en el centro del discurso oficial, pero el país todavía necesita medir mejor la calidad real de esas oportunidades.
En Ecuador se necesita empleo, pero se necesita uno digno, uno con derechos, protección y futuro, no uno barato, inestable y funcional a una economía donde la competitividad se sostiene sobre trabajadores cada vez más frágiles.
Este 1 de mayo no necesita flores, regalos, ni más feriados para los trabajadores. Necesita memoria, datos y menos cinismo.
